viernes, 20 de marzo de 2015




¡GLORIA, JULIO CESAR!






Estas palabras bien podrían pertenecer a una de mis novelas, o ser una exclamación en una obra de Shakespeare. En realidad son los nombres de dos de mis lectores. Mis lectores los llamo yo, porque ya son algo mío. Porque  representan el lector ideal, ése que todo escritor desea tener. Conocen mi trabajo, lo aprecian, lo disfrutan, lo comparten, lo esperan, me piden más…
A ellos, con sus nombres épicos, y a todos los demás que me leéis, va dedicado el último post de este blog que tengo muy desatendido porque llevo tiempo trabajando en nuevos proyectos.
Estos proyectos son la creación del sello editorial, Aristeia Press y la revista, La Conquista de Aristeia.
Veinte años después de comenzar a escribir, diez, desde que comencé a publicar con Planeta, Random House y Lübbe, estoy comenzando una aventura extraordinaria.
Ya sé lo que es publicar en una editorial grande. Ya sé cómo funcionan las cosas. Y lo más importante, ya sé cómo quiero que funcionen.

Internet ha transformado radicalmente los procesos de comunicación, publicación y marketing en muchas profesiones, pero especialmente en las de escritor y músico. La revolución cultural que está teniendo lugar está modificando entre otras cosas la relación entre el escritor y el lector. El lector se ha convertido en una voz viva y real para el escritor, en su mejor aliado. Siempre ha sido así, pero ahora, y gracias a Internet, el lector puede comunicarse de forma directa con el escritor y además dar a conocer su opinión sobre sus lecturas, no sólo a sus amigos y familiares, sino al mundo entero. ¿Qué significa eso? Que el lector es escuchado, que su opinión es advertida, considerada por otros lectores, valorada.

Pero ¿Qué es una opinión? Hay opiniones y opiniones. Los que somos mayores sabemos que la opinión de un niño no tiene mucho peso porque su juicio no está basado en el conocimiento, en la experiencia o en la educación del gusto. Es simplemente “su opinión”.  Y está muy bien, porque es lo que le gusta. Pero que le guste no quiere decir que tenga calidad. Como siempre, para que esa opinión tenga peso, valor, para que no sea simplemente “mi opinión”, necesita tener una base. Y esa base siempre se adquiere con la educación, instruyendo el gusto, afinando la sensibilidad...

Este tema no es nuevo, se lleva discutiendo desde que ciertos artistas modernos se empeñaron en romper con todas las reglas establecidas. Pensaban que lo importante era dejar volar la creatividad y crear con “lo que saliera de dentro”. Romper con las reglas es válido cuando dominas las reglas. Cuando sabes qué es X, cómo se hace, de dónde viene y aún así decides que tu prefieres hacer Y.  Porque a no ser  que seamos un genio, lo que saldrá de esa rebelión será el dibujo o el texto de un niño en la guardería: Garabatos y explosiones llenos de sentimiento e indiscutible singularidad, que sin embargo no pueden llamarse arte. Y no pueden por el bien de todos. Porque si rebajamos los estándares y decidimos que mi dibujo es tan bueno como un Renoir simplemente porque lo he hecho con todo mi corazón, y porque a mí y a mi madre nos parece precioso, la palabra arte queda rebajada. Y una vez que se pierde el norte, se pierde para siempre. O al menos para “el siempre” de muchos, que puede que no tengan tiempo en su vida de aprender a distinguir qué es lo mejor.

La explosión de creatividad que vivimos es maravillosa, pero no todo lo que se lee, lo que se ve, lo que se escucha tiene calidad. Si has crecido leyendo sagas quizá puedas establecer una opinión basada en tu gusto, sobre cuál es mejor, pero si sólo has leído eso, por muy bueno que sea leer, que lo es, te estás perdiendo lo mejor. El acceso a la cultura que tenemos hoy es inmenso, infinito casi. Hoy más que nunca es imprescindible educarse, tener criterio, esforzarse en escoger lo mejor. Porque hay mucho de todo y sin darnos cuenta podemos pasarnos la vida consumiendo lo que la cultura de masas nos ofrece y perder la oportunidad de convertirnos en adultos, o mucho más importante, la posibilidad de llegar a ser hombres.

Es un hecho que la cultura de una época define esa época. Lo creamos o no, en todas las formas de arte estlos valores de esa culturalas formas de arte est, y mucho mla cultura de masas nos ofrece y e se escucha tiene calidad. Yo no , án impresos los valores de esa cultura. La cultura es el alma de una sociedad. Y si una sociedad se alimenta sólo de programas basura, de libros basura y de cine basura, acabará convirtiéndose en un vertedero. Por eso son necesarios lectores y espectadores de calidad, es decir hombres y mujeres de calidad, que sepan distinguir entre lo que tiene valor y lo que no lo tiene. Hoy más que nunca es necesario poseer un criterio.

Antes eran las grandes editoriales quienes, en el mundo literario, ostentaban la responsabilidad de ser divulgadoras y sostenedoras de esa cultura. Pero ya no podemos confiar en su criterio porque han dejado de ser grandes editoriales y se han convertido simplemente en editoriales grandes.

Aquí es donde entramos los que aún creemos en el valor y el poder de la literatura. Los lectores (y por supuesto los escritores) somos ahora los responsables de divulgar y mantener la calidad de esta cultura. Es una cruzada contra la ignorancia, el infantilismo y la superficialidad que impera, y por lo visto apela, a la mayor parte de la sociedad.
Y es una pena porque nuestra herencia cultural es tan rica, tan variada, tan divertida, tan poderosa que dejar que se pierda, dejar que se crea que lo que ahora existe es lo único que hay es una tragedia. Me encanta haber crecido con música de The Doors, Queen, Tony Bennet, AC/DC, con películas de Marlon Brando, Steven Spielberg, Tennessee Williams, Hitchcock, leyendo y aprendiendo de Eurípides, John Steinbeck, Henry Miller, William Blake…
Uno de mis nuevos proyectos tiene como misión precisamente descubrir a todo aquel que tenga interés, quiénes son los mejores creadores de la historia. La Conquista de Aristeia es:
“Una revista que tiene como misión despertar el entusiasmo del lector para avivar su deseo de superación y ampliar la conciencia de sus posibilidades. Para lograrlo presentaré los trabajos (cine, literatura, ensayo, música, pintura, filosofía…) de quienes yo llamo Los Aristos, creadores cuyas obras han contribuido a engrandecer la idea del hombre y gracias a los cuales sabemos que es posible alcanzar la excelencia. Al entrar en contacto con sus admirables creaciones literarias y cinematográficas, con sus brillantes reflexiones filosóficas, con sus visiones, tan imaginativas como útiles y bellas, el lector no tendrá más remedio que sentirse impulsado, jubilosamente impulsado, a utilizar lo que más le interese para conquistar lo mejor de sí mismo”.


La palabra excelencia, Aristeia, es la clave de estos proyectos. En la presentación de La Conquista de Aristeia, explico por qué. Sólo complementar aquí que por muy modernos y cínicos que seamos, y lo somos, no podemos olvidar que lo que verdaderamente importa no es la cantidad sino la calidad, ni tampoco que existen cosas mejores que otras. Decirnos que el juego está perdido y que lo sensato es claudicar y entrar a formar parte de la cultura de masas va en contra de mis valores y los de mis lectores. Pero no todo está perdido por supuesto. Los grandes artistas y los grandes divulgadores de cultura siguen existiendo. Sigue habiendo editores que tienen como meta ofrecer calidad y buen entretenimiento. En España tenemos la suerte de contar con El Acantilado, Siruela, Cátedra, Impedimenta o Libros del Asteroide. Es ahí donde tenemos que buscar nuestro alimento.

Nuestro grano de arena es Aristeia Press, una editorial formada por personas que creen en el poder de la literatura y cuya meta es ofrecer novelas que inspiren, iluminen y entretengan mientras desafían nuestras ideas y creencias. En Aristeia Press queremos publicar sólo libros que aporten grandeza y profundidad, vida en su sentido más apasionante y sublime.
Este proyecto tiene un valor inmenso, especialmente para mí, porque aparte de publicar mi trabajo y poder controlar todo el proceso editorial, algo con lo que llevaba soñando desde que empecé a escribir, es una oportunidad para dar a conocer libros olvidados que aúnan calidad literaria, profundidad y diversión.

Es, como digo, un grano de arena en un universo de barro, pero es un hecho que siempre existirán hombres y mujeres en busca de lo mejor de sí mismos, hombres y mujeres que siguen creyendo con entusiasmo en el poder y la magia de la buena literatura. No buscamos cantidad sino calidad. Algo que cada vez es más difícil de encontrar. Nuestro objetivo no es mantener una cuenta de resultados o conservar un empleo. Somos libres, independientes. Nos mueve la superación, la inspiración, la intensidad, la sabiduría, el deseo…

Estos son mis nuevos proyectos, a los que invito a todo aquel que esté interesado a investigar y conocer qué pueden ofrecerle.

Conformarse, venderse, estancarse no son palabras que entren en mi vocabulario. Las posibilidades están ahí y son inmensas, grandiosas. El mundo está cambiando y el rumbo que tome dependerá de lo que hagamos con lo que tenemos, de las herramientas que usemos para evolucionar y revolucionar la nueva idea de hombre. Ese hombre está creándose ahora mismo. Somos nosotros, ahora.

Queridos Gloria y Julio Cesar, queridos lectores ideales del mundo entero, ejercer vuestro poder, porque de vosotros depende el futuro de nuestra cultura.


Os espero en La Conquista de Aristeia y Aristeia Press.






viernes, 29 de noviembre de 2013

TENNESSEE WILLIAMS, DESDE SIEMPRE Y PARA SIEMPRE



PRIMERA PARTE


Antes de comenzar quiero agradecer vuestro interés a todos los que me habéis mandado emails desde mi último post preguntándome por qué no escribo más en el blog. Falta de tiempo es la razón principal. Llevo meses dedicada a traducir varios capítulos de mis novelas al inglés, a preparar sinopsis, que es el trabajo más imposible que se le puede pedir a un escritor, y además estoy escribiendo una obra de teatro en inglés. Ahora que está casi todo el trabajo hecho, el de traducción, espero ser más constante. Gracias además a todos los que me mandáis comentarios a mis post y mensajes personales. Me encanta saber que os gusta lo que escribo. Aunque no lo comente o no sea muy expresiva, los leo todos. 






A medida que pasa el tiempo hay ciertas lecturas que se van convirtiendo en habituales, lecturas a las que vuelvo una y otra vez, siempre con interés y curiosidad, porque sé que todavía puedo aprender más, disfrutar más. Aunque sepa de sobra qué pasa, cómo pasa y por qué pasa, esas lecturas siempre tienen algo nuevo que ofrecerme o simplemente algo viejo en lo que deleitarme. Las obras de Tennessee Williams son unas de esas lecturas. Cuanto más profundizo en su obra dramática más fascinante me parecen sus personajes, sus tramas, sus ambientes, sus peculiaridades, esos rasgos distintivos de su especial naturaleza sureña, rematadamente gay y rematadamente genial.
Dos obras en concreto, que no son muy conocidas ni han sido especialmente aplaudidas, pero que me parecen de las mejores que ha escrito, son “The milk train doesn’t stop here anymore y Suddenly last summer”.

Estas dos obras y sus respectivas películas, de las que hablaré también porque fue el mismo Williams quien se encargó de los guiones, son las más misteriosas y oscuras de las que escribió. Y a pesar de la oscuridad, casi metafísica, que las rodea, las dos tienen en común el sol, el Mediterráneo y la muerte. Es curioso que su trabajo más tenebroso esté ambientado y sostenido por un sol triunfante, cegador, un sol que, como dice Elizabeth Taylor en la versión cinematográfica de Suddenly last summer, es como el ojo de Dios.

Suddenly last summer, o -De repente, el último verano-, es una pieza gótica que habla sobre la locura, Dios, el canibalismo, la ferocidad de la naturaleza, y la aún más terrible ferocidad de una madre posesiva. Violet Venable ha dominado la vida de su hijo Sebastian hasta el último detalle mientras él estaba vivo, ahora que está muerto, quiere hacerse dueña de su memoria, de su identidad, de su esencia, quiere ensalzar su imagen y convertirla en algo sagrado. Quiere, en realidad, pulir la máscara que el mismo Sebastian trató de crear para sí en vida. Y para ello no duda en encerrar en un manicomio a su sobrina Catherine, que después de presenciar la muerte de Sebastian, ha perdido la memoria a causa del shock. Catherine no está loca, ni tiene ningún problema mental, excepto esa laguna en la memoria acerca de cómo murió su primo. Y es que algo ha ocurrido antes de que comience la obra, algo terrible que ha agrietado el muro de contención con el que Miss Venable quiere proteger a su hijo y su relación con él; algo que tiene que ver con Catherine y lo que contó cuando estaba en estado de shock, antes de perder la memoria. Y por eso, Miss Venable, millonaria y extravagante, quiere que el doctor Cukrowicz le practique una lobotomía, para que deje de hablar de Sebastian y lo que pasó en algún lugar de España llamado Cabeza de Lobo.  

La obra, y el ambiente que la impregna, es misterioso casi numinoso. Como el mismo Williams puntualiza al principio de la escena 1, el set debe ser tan poco realista como el escenario de un ballet dramático.
Y lo es. La casa de Miss Venable es una mansión de estilo gótico victoriano en Nueva Orleans con un jardín tan exuberante y bestial que casi parece una ventana a otra dimensión. El jardín es obra de Sebastian, que quería replicar “the dawn of creation” – el amanecer de la creación- refiriéndose con ello al origen del mundo, con sus plantas prehistóricas, fabulosas, salvajes y más gigantes y amenazadoras que nunca. Tienen incluso una Venus Flytrap, una planta carnívora que en otoño alimentan con moscas vivas.
El jardín, a pesar de ser un artificio se impone a la mirada como un acto de violencia. Es un jardín que replica la indiferencia y el arranque furioso de la naturaleza, que siempre hará lo posible por sobrevivir, por imponerse. Tal y como hace Miss Venable, que como madre y representante de esa naturaleza brutal, está dispuesta a hacer lo que sea para proteger a su hijo.
Miss Venable es una mujer que a simple vista parece frágil, pero sus actos y sus imposiciones demuestran lo contrario. Quiere acallar a Catherine, quiere evitar la verdad sobre quién era su hijo, sobre cómo murió, sobre su naturaleza.




Es muy interesante resaltar que Williams quiso representar en esta obra la muerte del dios Dioniso a manos de las Ménades. De ahí lo excesivo de la obra, su crudeza, su violencia, su sensualidad encubierta, su culto al placer y los sentidos, su localización mediterránea, su relación inevitable con la muerte.
Es cierto que Sebastian era un snob elitista y depredador, un vividor adinerado que tomaba lo que quería, cuándo quería y como quería. Pero era también un ser bello, elegante, amable y generoso, un ser especial con la consciencia de quien no tiene que preocuparse más que por cuestiones elevadas. Sebastian estaba buscando a Dios. Sebastian era un poeta, y como todo poeta real, era un visionario. Sabía cuál iba a ser su destino.

Y de repente, el ultimo verano… Sebastian se encontró con ese destino que temía, ese que le estaba reservado sólo a él. Es en un lugar llamado Cabeza de Lobo, con su prima Catherine, a quien ha escogido para pasar el verano, donde encuentra la muerte. Miss Venable había sido, hasta ese verano, su compañera de viajes. Sebastian escribía un poema al año, en verano. El resto del año era de preparación… Pero de repente, el último verano… Miss Venable es vieja. Miss Venable ya no le sirve a Sebastian para atraer… ¿Atraer qué? Chicos. Sebastian utilizaba a su madre, hermosa y elegante, para procurarse compañía masculina. Pero de repente, el último verano… Sebastian se da cuenta de que su madre ya no podrá ayudarle y escoge a Catherine para que vaya con él, para utilizarla de cebo. La rabia, la humillación y la envidia de Miss Venable se desatan contra Catherine a quien acusa de haber matado a su hijo… Junto a ella, dice Miss Venable, eso nunca habría ocurrido, junto a ella, Sebastian aCatherine es la úra pasar el vero nunca habra Catherine a la que acusa de haber matado a su hijo...ha escogido para pasar el verún estaría vivo.

La muerte tiene lugar un día muy caluroso de verano. El día no es azul, como casi siempre son los días en el Mediterráneo. Ese día es tan ardiente, tan abrasador, tan terrible, que es blanco. Es un día sin sombras, sin lugar donde esconderse. Es un día cegado por una turbadora inevitabilidad. El sol es en esta obra, más que una fuente de vida y alegría, una figura amenazadora y atroz. Como antes decía, Catherine lo compara con el ojo de Dios. Un dios salvaje y despiadado, un dios carnívoro e implacable. En ese paisaje vacacional, pobre y luminoso, Sebastian se ha convertido en un dios para los muchachos hambrientos que le siguen y a los que arroja billetes, mientras ellos demandan más con sus bocas abiertas e insaciables… El paisaje mediterráneo deja de ser un paraíso y se convierte en un calvario, en un lugar de muerte y horror.
En esta obra, como en “The milk train…”, sobre la que hablaré en el siguiente post, el sol y el paisaje mediterráneo son tratados con una original y singular maestría, son transformados y dotados de un nuevo significado. Porque las historias góticas y espeluznantes ocurren siempre en decorados oscuros y lúgubres. Y en estas dos obras, Williams es capaz de sentir y hacernos sentir, la fuerza devastadora que esconde todo lo que está realmente vivo. Conocía bien el lado oscuro de lo dionisiaco. Nos revela el extremo de la plenitud y la exuberancia, que dando la vuelta sobre sí mismas se transfiguran en voracidad por la vida, por la carne, en un despliegue insaciable de lascivia que acaba devorando todo lo que toca.

El doctor Cukrowicz, a pesar de que está en una posición comprometida, porque Miss Venable está dispuesta a donar un millón de dólares al hospital donde ejerce si le practica la lobotomía a Catherine, mantiene su ética profesional hasta el final. Como no es tonto, se da cuenta desde el principio que Catherine no está loca, y sospecha que algo terrible, algo tan espantoso ocurrió en Cabeza de Lobo, que ha decidido borrarlo de su memoria. Con paciencia y tacto acaba por organizar una reunión en casa de Miss Venable, que parece más una sesión de espiritismo que una consulta psicológica. El doctor inyecta a Catherine con un “serum de la verdad” y todos se reúnen en ese jardín selvático, misterioso y bestial, tal y como debió ser “el amanecer de la creación”, y allí, Catherine revela, entre estertores, lo que pasó, de repente, el último verano…





No voy a desvelar la obra entera porque creo que merece la pena que la leáis o veáis la película de Joseph L. Mankiewicz, con Elizabeth Taylor, que está tan  maravillosa como siempre, Katharine Hepburn y Montgomery Clift. El guión de la película lo escribió Tennessee Williams con Gore Vidal por eso mantiene el mismo ambiente y halo de misterio que la obra.
Es una lectura y una visión que estoy segura os cautivará. Es arte en el sentido más elevado, entretenido y fascinante. Es magia hecha con palabras, tal y como debe ser toda buena literatura. Es Tennessee en todo su magnífico esplendor.




jueves, 21 de febrero de 2013

SKYFALL




Las películas de James Bond son para todos un familiar más en el terreno de lo artístico; un recuerdo de niñez, de juventud, de madurez… Bond forma parte de nuestra mitología moderna, del mismo modo que Aquiles formó parte de la mitología de los antiguos griegos. Es un héroe creado a partir de los deseos, sueños y aspiraciones del hombre moderno. Es un hombre que consigue lo que quiere, que sabe cómo conseguirlo, que no tiene miedo, que no se pierde en psicoanálisis y juicios morales o de género. Es un héroe de toda la vida con un perfecto traje de chaqueta y orejas de soplillo.

Lo sorprendente de la franquicia Bond es que saben hacer nuevo algo que lleva cincuenta años siendo lo mismo. Lo primero que llama la atención son las introducciones. Todas tienen un aire similar, pero siempre son distintas y las juzgamos con la misma atención y exigencia que a la película. Y como con la película, cada vez lo hacen mejor. Cada vez se escarba más, se estiliza más, se mistifica más, se sublima más… Siempre más. Hasta llegar como en el caso de Skyfall, al cielo.

En la última hazaña del héroe más occidental, y por tanto más nuestro, lo más significativo es el título, SKYFALL. La caída del cielo determina toda la trama, la sella y redondea con la perfección que exudan las cosas bien hechas, incluso cuando se trata de películas de entretenimiento. Skyfall es una cosmogonía, una lucha entre dioses, una guerra de poderes y luchas internas. Incluso el cielo necesita orden. Si el cielo cae, todos caemos con él. Todo comienza y finaliza ahí, en ese universo de M’s y héroes, de servicios de inteligencia y bunkers secretos que velan para que todo permanezca tal y como debe ser, vivo, ignorante y feliz.

Esta película, más que ninguna otra de Bond, hace gala de un exquisito simbolismo. La muerte está presente como tema principal, no porque se mate a los malos o se disparen armas, si no porque es el tema sobre el que todo gira. Y con la muerte, todos esos dioses primigenios que forman parte del mundo subterráneo e indomable: la vejez, el miedo, la venganza, la ira, la locura, la noche, el pasado más lejano y destructivo. Todos hijos de Caos. En las primeras escenas M aparece escribiendo el obituario de Bond.

Porque todo comienza con uno de los agentes disparando a Bond por error. Bond cae herido. Cae literalmente. Cae y cae por el aire en una caída infinita, hasta que el agua lo recibe y lo transporta a otro nuevo precipicio, otra nueva caída: una cascada. Allí cae arrastrado por la fuerza de la corriente y cuando entra en el agua sigue cayendo, hundiéndose hasta las profundidades. Se hunde y se hunde. Y cuando llega al fondo, el suelo se abre, se hace humo y se lo traga. Y ni entonces deja de caer, sigue descendiendo parece que eternamente y sólo al llegar a las profundidades abismales, esas que están al otro lado de lo consciente, comienzan a aparecer tumbas y sangre y fuegos fatuos y cuchillos y su propia imagen herida sangrando, en una de las introducciones más curiosas y estéticamente atractivas que he visto en una película Bond. 

Bond muere por tanto. Muere para el mundo y se transforma en mortal. Cuando un héroe muere como héroe, la tierra misma y los elementos lo transforman, se lo tragan, lo procesan y lo devuelven hecho hombre. Y eso es lo que Bond es cuando volvemos a verle. Un hombre. Esta follando en una cabaña en la playa (Follar no lo digo gratuitamente. Hacer el amor es cogerse de las manos y mirar las estrellas. Lo que Bond hace no es exactamente eso) ¿Pero qué le pasa a un héroe cuando es arrojado al Paraíso, cuándo se le da la oportunidad de vivir no del fruto de su trabajo si no de lo que simplemente se ofrece alrededor? La simbología utilizada aquí está muy clara. Ha regresado a una forma de vida primitiva, a una especie de Paraíso. Lo que se nos muestra es una playa mediterránea, una mujer hermosa, al lado, con sólo estirar la mano, hay un hombre que vende comida, seguro que barata; al fondo un chiringuito con gente de fiesta… Todo simple, elemental. Lo que sugiere para la mayoría unas vacaciones perfectas. No hay lujos, pero tiene lo justo para saber que está vivo. No hay peligros, luchas, rivales, sólo sol, sexo, bebida, comida, bailes por la noche, juegos… ¿El Paraíso? ¿Puede un héroe vivir de eso? Obviamente no por mucho tiempo. Esa caída para Bond es una vuelta al pasado. Desde el Olimpo, donde los héroes son lo siguiente a los dioses, regresa a una forma de vida primitiva y simple, una forma de vida que no requiere de sus talentos, que no le usa, que no le pone a prueba, que no reta ni su inteligencia ni su valor. Consecuencia: Bond bebe para olvidar quién fue, para anestesiar sus capacidades, para evadirse de este Paraíso que cualquier otro disfrutaría sin miramientos.

Pero es un héroe real y los héroes reales siempre son llamados, requeridos, son necesarios. Lejos de donde está ahora, casi en otro mundo, en ese lugar al que él pertenecía y que le ha creado, en ese Olimpo inexpugnable y poderoso, ha habido una rebelión. El cielo ha sido atacado. Bond lo ve a su espalda, en el reflejo de un espejo, como si fuera un sueño, como una imagen que no acaba de ser real. Delante de esa imagen está la suya propia, agarrado a una botella de licor. Está destrozado, hecho añicos; no por la lucha y el esfuerzo, por pelearse y saltar de trenes, sino al contrario, por la ociosidad y la desidia. Las balas no le matan, es el sol y la falta de una misión lo que destruye su espíritu, lo que le debilita. Bond ve que ese mundo del que se ha retirado sigue existiendo y que además necesita su ayuda. ¿Qué hace Bond? Resucita.
Más adelante cuando Bardem le pregunta cuál es su hobby, él responde: Resurrection!

Bond regresa a su creadora, a M, a Londres, al mundo, y sin embargo, su regreso sólo es registrado en el MI6, en el Olimpo. Porque el resto de mundo no sabe nada de héroes que mueren y resucitan, héroes que dan la vida y se arriesgan para que todo pueda seguir funcionando.



Lo que está ocurriendo en ese Olimpo es curioso. Se está poniendo en entredicho la eficacia y utilizad de M y su departamento, su poder y su necesidad. ¿Son necesarios los héroes hoy en día? Es curioso que eso ocurra justo cuando uno de sus agentes más valiosos ha desaparecido. La quieren retirar con honores, pero ella está por encima de medallas y dice que hasta que el trabajo no esté terminado no piensa irse. El trabajo es recuperar una tarjeta con los nombres de todos los agentes del MI6 que trabajan en misiones terroristas. La estructura misma del Olimpo está en peligro. Su fuerza, sus agentes, pueden quedar expuestos. Señalar con el dedo a un ángel si hablamos de cristianismo, a un héroe si es de mitológica o a un agente si es de seguridad es quitarle uno de sus más preciados poderes, es quitarle eso que hoy todo el mundo se esfuerza por romper, el anonimato. Hoy todo el mundo quiere salir en la TV y las revistas sin haber hecho nada. Un héroe, por el contrario, es quien hace todo y sin embargo no quiere que nadie sepa quién es.

Cuando M le pregunta qué ha estado haciendo Bond responde: “Enjoying death”. Disfrutando de la muerte.  ¿Por qué regresa? Porque sabe que le necesitan. Punto. Porque él es el único que puede salvar el Olimpo. Punto de nuevo. ¿Cómo resistirse a la certeza de que uno es irremplazable? ¿Cómo seguir muerto cuando la vida te reclama?

M le dice que tendrá que demostrar de nuevo que está preparado, que su cuerpo es todavía una máquina de matar y luchar. Cuando Bond asiente y le dice que se va a casa M le dice: “¿Qué casa? Vendimos todo y tus cosas están en un guardamuebles. No tienes nada. Cuando alguien está solo y no tiene familia, ni hijos, ni a nadie de su propia “raza”, es lo que se hace.” Y lo dice sin pena, sin compasión, porque M sabe quién es Bond, ella le ha creado. Bond se atreve a recriminarle que diera la orden de disparar al agente que le hirió pero M responde recordándole quién es: “¿Qué quieres, una maldita disculpa? Ya sabes cómo funcionan las cosas”. Sí, lo sabe. Y no dice más.

Ahora Bond no tiene nada más que a Bond. Y ni siquiera es el Bond que era. Y es entonces cuando Bond se convierte en esencia. No hay nada en el mundo material para él, no posee nada. Es como un eremita, un ser etéreo, sin posesiones, casi literalmente, un ángel vengador. ¿Bond se inmuta? ¿Le pregunta a M que ahora qué hace sin casa? ¿Se va a una plaza a manifestarse e indignarse? NO. Bond sabe que su deber, no su derecho, es hacer, ser, trabajar, esforzarse, ponerse a prueba, demostrar que puede estar de nuevo entre la élite. Esa es su meta. Bond viene de la muerte y no ha regresado a la vida para sentarse en su apartamento a ver la televisión. Ahora más que nunca Bond tiene que ser Bond.
El MI6 ya no opera desde su castillo a orillas del Támesis, ahora, el Olimpo, se ha trasladado a las profundidades. Ha hecho lo mismo que Bond, regresar simbólicamente al pasado, hundirse, enterrarse, operar desde el vientre de la tierra, simplificar, poner en orden su estructura y volverla a construir desde los cimientos. Los dioses primigenios, esos que son insobornables e implacables están al mando porque lo que está en juego es la estructura del cielo, el Orden.

Pero el simbolismo no sólo roza lo pagano. La trama de Skyfall está marcada por un fuerte simbolismo cristiano. Dentro del cielo cristiano no hay una historia más interesante que la de la rebelión del ángel Lucifer. En este caso, el dios creador es una mujer, M, que cuida de sus hijos/ángeles/OO7s con mano de hierro, con una masculinidad y lucidez a prueba de sentimentalismos. La rebelión de un ángel pone en jaque a toda la cúpula del cielo. Dios ha sacrificado a uno de sus hijos para salvar al mundo. Y a ese hijo no le ha gustado nada que su Madre le haya olvidado. El ángel caído, Silva/Bardem, (brillante), no comparte la idea de que Dios prefiera sacrificar a un ángel para salvar al mundo. Se pregunta ¿Es justo  sacrificarle si ese ángel vale más que todo un país? ¿Si ese ángel tiene más valor, inteligencia, belleza, fuerza, criterio, lealtad que todo un país? Luego volveré al simbolismo cristiano.

Bond no pasa los test, pero su madre, que le conoce mejor que nadie, sabe que a pesar de todo él se esforzará al máximo y será Bond. Lo será porque es lo único que es. Porque ya ha demostrado que no está hecho para ser otra cosa que un héroe y por eso, decirle que no ha pasado los estándares sería matarle del todo. Le lanza al peligro porque ella sabe que es ahí donde se hará fuerte. No es cuestión de entrenamiento sino de práctica. En cuanto empiece a ser Bond será Bond de nuevo. Y por supuesto así es.



Otro de los temas de la película es lo nuevo versus lo viejo, la innovación versus lo tradicional. Se acaba demostrando que los métodos de siempre no están obsoletos, que hay cosas que no se han mejorado por mucha tecnología que tengamos. De hecho, la última parte de la película es un viaje real al pasado. Bond se lleva a M al lugar donde él nació, dejan Londres, la modernidad, el mundo y se trasladan al origen. Un origen que Bond detesta, del que huyó como un huérfano y al que regresa como héroe con la persona que le convirtió en héroe. En una casa desolada en el páramo, oscura y llena de recuerdos es donde decide ponerse a prueba. De nuevo está fuera del mundo, en un decorado de sueño o pesadilla. Nada parece real. De pronto no estamos en una película de Bond, si no en Cumbres Borrascosas, o mejor, en el viejo Oeste. Porque todo lo que ocurre desde que llegan, bien podía ser una película del Oeste, un “Solo ante el peligro”,  si en vez de trajes llevaran botas y sombreros de cowboys. No tienen armas, no tiene munición; son dos hombres y una mujer contra un ejército de villanos tecnócratas. El pasado se va a enfrentar al futuro, porque saben que Bardem llegará con la espada de la tecnología en la mano. Esta parte me recuerda a la película “Solo en casa” dónde Macaulay Culkin convierte su casa en un arma con todo lo que encuentra a su disposición. Pero es de nuevo una forma de enfrentar lo que tienes, lo que eres, con lo otro, que siempre parece más grande y poderoso. A mí me dice: Utiliza lo que tienes, sea lo que sea. Aunque sean trozos rotos de bombillas. No sabes cuánto puedes hacer con eso si lo utilizas bien. Aunque otros tengan granadas de mano. Si tú tienes bombonas de butano. Úsalas.
Y eso es lo que hace Bond, vuela por los aires su casa, su pasado, todo aquello que no sabemos por qué pero que le ancla todavía a un recuerdo de sí que no le eleva, ni le ayuda a ser lo que quiere ser. Qué mejor forma para deshacerse de ese peso que volarlo por los aires. La trama está hilada de tal forma que al hacerlo mata como se dice “dos pájaros de un tiro”. Destruye su pasado y destruye el mal. Que en realidad son lo mismo. Porque en el personaje de Bardem, Silva, hay algo de Bond. Los dos han pasado por la misma experiencia: su madre, su creadora les ha dejado morir, les ha puesto en peligro para salvar al mundo. La diferencia entre Silva y Bond es que uno reconoce y asume lo que es ser héroe, mientras otro, quizá más sentimental, más “humano” pese a lo que pueda parecer, se niega a ser rechazado, olvidado. Bond no sólo “perdona” a M, la entiende; Silva ni la perdona ni la entiende. La relación de Silva con su dios no es de héroe, si no de hijo. Silva es hijo de M y le recrimina que no le tratara como madre, que no cuidara de él, que no le salvara. Silva no puede ser un Bond porque cree tener derechos, porque cree que merece ser tratado con compasión, que merece ser acunado y mimado. Silva se indigna, se rebela como un niño mal criado que no quiere crecer y aceptar que debe valerse por sí mismo, que para hacerse hombre es necesario prescindir de los cuidados de una madre.

El final es absolutamente cristiano. Transcurre en una capilla y como dice Silva: “Por supuesto. Tenía que ser aquí. Gracias”. Dice Gracias, como si M hubiera escogido ese lugar. Según su visión, lo que está ocurriendo es sagrado y por tanto no puede ocurrir de otra manera. Él cree que su rebelión, su venganza son justas. Es el ángel caído que cree que puede vencer a Dios y utilizar lo que Dios le ha dado para vencerle. Y habría podido hacerlo de no haber sido tan humano. Cuando ve que han herido a su madre, se horroriza. ¿Qué te han hecho? Le pregunta. No es sólo que Silva esté algo loco, no es el típico loco malo, es que cree que su misión es honesta porque está cargada de sentimentalismo, cree que el amor puede justificarlo todo y no le basta con matar a M, quiere que ella le mate también. Para demostrarle que todo lo que ha hecho no lo ha hecho por maldad, sino por amor. Y porque sabe que después de matar a su creadora la vida no tendrá sentido. De esa forma, muriendo con su dios, su rebelión no es sólo venganza sino, desde su perspectiva, un acto de amor. Es melodramático, operístico, muy latino.

Antes de que M pueda hacer nada, Bond le lanza un cuchillo a Silva, de nuevo algo que representa el pasado, rudimentario y simple, y un acto tan simple, acaba con él. Bond recoge del suelo a M que agoniza y la sujeta entre sus brazos, emulando una de las imágenes cristianas más famosas: Una Piedad. Normalmente es la Virgen quien sostiene al Cristo. En este caso es el héroe, el hijo, quien sostiene a la madre. Antes de morir M mira a Bond y dice: “Al menos hice algo correcto”. ¿Qué hizo? ¿Qué le está diciendo M a Bond? Que a pesar de haber hecho muchas cosas mal, antes de morir, de lo único que se siente orgullosa es de haber creado un héroe. Ella cogió un huérfano y lo convirtió en James Bond. El héroe que ahora la sostiene en sus últimos momentos, que ha luchado por ella, que ha estado dispuesto a dar su vida para salvarla y que ha puesto a su servicio todo eso que ella le ha enseñado. Y donde ella muere, James Bond vuelve a nacer.

M muere, pero eso no significa que todo termine. Mallory se convierte en el nuevo M. Porque en la mitología todo se renueva y las guerras, los desordenes y las rebeliones son ciclos, pruebas para el héroe, su razón de ser. Cuando Bond entra en el despacho de Mallory, ya es de nuevo Bond. M tenía razón, nada como dejarle ser, para que sea. En un sobre sellado M le da las instrucciones para su nueva misión. “...Lots to be done” (Mucho que hacer) Le dice M, Ready? ¿Preparado? La respuesta de Bond define su espíritu heroico: “With pleasure”. Con placer, responde. No sólo está listo, sino que además lo hará con placer. No porque sea su obligación, no porque es un trabajo, si no porque es lo que da sentido a su naturaleza, porque es lo que le gusta, lo que sabe hacer. Porque sabe que sin él, el mundo y el orden corren peligro. Para que nosotros podamos seguir con nuestras vidas, ajenos a los peligros que nos acechan, censurando la violencia con más ignorancia que hipocresía, y disfrutando de la tranquilidad que proporciona el orden, él tiene que seguir siendo héroe.

Skyfall es ficción, entretenimiento, una película de acción. ¿De verdad hay todo eso? Yo no he visto nada, puede decir alguien. Lo siento, le contesto. Hay eso y mucho más. Pero como siempre, lo que vemos es lo que somos. Como decía Lex Lutor en la primera película de Superman, una de mis más queridas y revisitadas : “Unos leen Guerra y Paz y creen que han leído sólo una novela de aventuras, mientras que otros descubren los secretos del universo leyendo los ingredientes en el envoltorio de un chicle”.
Es sólo mi visión, mi mirada. 
¿Y quién usted es? Preguntará alguien. 
A lo que yo respondo: Mi nombre es Devin, Samantha Devin.