viernes, 10 de febrero de 2012

¿VÍCTIMA O AGRESOR?

“La idea que tenemos de nosotros mismos
es un componente real de lo que somos.
Lo que creemos acerca de nuestras razones
para obrar, nuestra libertad o esclavitud,
es un principio real de nuestro comportamiento”

El misterio de la voluntad perdida
José Antonio Marina



Siempre me he preguntado, viendo una película, leyendo un libro e incluso escuchando las noticias por qué las víctimas de una agresión, de un atraco, o cualquiera de las situaciones violentas con las que nos podamos encontrar asumen, en ciertas circunstancias, y con tanta facilidad, el papel de víctimas. Hay escenarios que obviamente están muy por encima de nuestras capacidades, pero muchos otros, la mayoría de hecho, podrían haberse desarrollado de otra manera si la supuesta víctima hubiera estado preparada.
Muy pocas veces se nos sorprende con un cambio de roles y creo que el motivo está en el factor sorpresa. Uno va por la calle tranquilamente y de pronto se presenta una situación violenta. El agresor nos ha seguido y por tanto está preparado, metido en su papel de agresor. La “víctima” sin embargo es arrastrada a una situación en la que no sabe cómo reaccionar. De pronto se ha establecido un contexto dónde se le exige actuar como víctima y la mayoría de las veces nadie se salta el guión.
A mí, que siempre me ha molestado que me pongan en roles que no he elegido, las pocas veces que he tenido la mala suerte de toparme con agresores aficionados he salido ilesa. Puede que sea inconsciencia o una creencia empecinada y sobrevalorada en mis capacidades, el caso es que en esas situaciones el agresor se ha marchado sin lo que buscaba, quizá simplemente porque no esperaba semejante respuesta.
Podemos reaccionar como nos exige el agresor o podemos darle una vuelta a la tuerca y convertirnos en agresores. Saber que puedo ser tan violento, tan brutal y tan cruel como el que más cuando la situación lo requiere, es una sabiduría muy útil que debemos tener al alcance de la mano en ciertas circunstancias. Como decía, todo depende por supuesto del contexto. Pero si en esa rápida valoración vemos una oportunidad, una “paridad” en las posibilidades, ¿Por qué no aprovecharla? No estoy hablando sólo de violencia, las palabras pueden ser igual de eficaces y disuasorias.
Con relación a este tema escribí hace mucho un relato que he recuperado ojeando mis carpetas. Es un relato “real”, es decir, está hecho de experiencias reales, de conclusiones reales y de creencias reales. Y ¿Hay algo más real que la idea que tenemos de nosotros mismos?


EL GRITO


Recuerdo perfectamente el día que dejé de tener miedo.
A veces se me presenta con la misma claridad con que ahora veo el sol de media tarde. Y es especialmente en los días apacibles y soleados como el de hoy cuando el recuerdo me llega con más nitidez. Aquel día, como hoy, fue una calurosa tarde de finales del mes de julio, una de esas tardes de verano después de la comida, en las que toda la ciudad parece sumida en un sopor común. Un opresivo bochorno que derretía hasta los pensamientos.
Tras las persianas, echadas a medias, la gente dormía la siesta después de la copiosa comida del domingo, se acomodaban en sus sofás y hablaban a media voz, como si se lo dictara un instinto de conservación de la intimidad. Era uno de eso días silenciosos y a simple vista tranquilos en los que el eco de nuestras pisadas nos hace sentir como delincuentes.
Yo, que no recuerdo porqué misteriosa razón había abandonado a esas intempestivas horas el frescor de mi bien acondicionado apartamento, caminaba con paso rápido por la acera observando cómo la desierta ciudad se cocía en un caldo de digestiones y entresueños pacíficos y placenteros. Sin saber porqué, ese sopor me produjo cierta rabia y al pasar por una de aquellas plazas deshabitadas, donde la quietud parecía querer adueñarse incluso de mi paseo, sentí ganas de gritar. Quise lanzar un grito de socorro estridente y sonoro que sumiera a la ciudad en un caos abrumador, que muchos no recordarían más que como una ensoñación de su duermevelas y otros como un espasmo que les cortó la digestión. Sin embargo, resistí la tentación y continué abriéndome paso entre las espesas ráfagas de calor, disfrutando, a pesar de todo, de una ciudad que pocas veces se dejaba observar tan vacía.
Entré en una calle arbolada, mucho más fresca que el resto, cuando a lo lejos vi una silueta que se aproximaba hacia mí.
En cualquier otra época del año, cruzarse con alguien en esta calle a esta hora habría sido algo insignificante y cotidiano. Pero aquel día era como volver al lejano Oeste donde los duelos se libraban en calles igual de desiertas y los dos rivales podían, en el silencio expectante, incluso oír los latidos del corazón de su adversario.
Yo no escuché los latidos del hombre que venía hacia mí, pero me di cuenta de que sus pasos eran cruzados y su andar vacilante. Una de las veces, un mal paso le hizo tropezar y golpearse contra un edificio. Lo apartó con malas formas, empujando con violencia la pared como si fuera ella la que se hubiera cruzado en su camino.
Miré alrededor y me di cuenta de lo que antes había pasado por alto: estaba sola. El sol, el calor y la pegajosa somnolencia que se respiraba no eran más que un engañoso entorno de fingida seguridad y pensé que si en vez de un día soleado fuera una noche oscura y fría, estaría dentro de mi peor pesadilla.
Fue en ese momento cuando comencé a tener miedo. Si algo ocurría nadie saldría en mi ayuda.
Entonces me arrepentí de haber tenido ganas de gritar en aquella plaza. Aquel grito de falsa alarma había sido una prueba de que nadie se molestaría en salir. No había sido un grito real, nadie lo había oído. Pero era como si el simple deseo malicioso de hacerlo, hubiera materializado en las siestas de todos y cada uno de los habitantes un lobo real, cuyo terror me haría dar gritos reales, pero cuyo sonido sería el eco inaudible de aquel caprichoso grito infantil.
El hombre estaba lo suficientemente cerca como para ver el brillo de sus ojos y no me gustó lo que percibí. Aceleré el paso al cruzarme con él y casi por inercia, porque éramos los únicos habitantes despiertos en aquella ciudad que dormía, le saludé con una ligera inclinación de cabeza.
Rápidamente caminé hacia la otra cera, deseando que alguien se hubiera desperezado. Pero comprendí que sólo los locos, los solitarios y los lobos soñados eran capaces de salir a aquellas horas a la calle.
Entonces le vi. Fue a través del reflejo de un escaparate. Me seguía con un paso que trataba de ser firme y una intención que enseguida descifré a pesar de tratarse de un reflejo.
El corazón comenzó a saltarme en el pecho. Aceleré aún más el paso sin importarme que el sonido de mis tacones resonara con machacona insistencia y se colara por las ventanas entreabiertas. Detrás oía su respiración jadeante y sus pasos cruzados que tropezaban y maldecían a la vez.
Si los pasos de aquel hombre hubieran sido rápidos y directos y me hubiera alcanzado en ese momento, puede que ahora no estuviera recordando esta historia. Pero su torpeza me dejó tiempo para pensar, para comprender.
Fue como si en ese relámpago de consciencia, el tiempo se hubiera extendido indefinidamente y me hubiera permitido ver en un segundo, todas las opciones posibles de lo que estaba por ocurrir.
Una de esas opciones era la valentía.
“Si en mí, me dije, existiera el valor necesario para convertirme en agresora en vez de víctima, cogería el bolígrafo que llevo en el bolso, esperaría a tenerle cerca, me volvería y con un gesto rápido y preciso se lo clavaría en la garganta. Después esperaría tranquilamente a que el hombre se desangrara y luego continuaría mi paseo”.
Continué andando y muy despacio, como si de una espada se tratara, desenfundé el bolígrafo, lo agarré con fuerza y reduje el paso. Ya no temblaba. Mi mente estaba asombrosamente clara y despierta, y creo recordar que incluso me divertí pensando en la cara de sorpresa del lobo al ver volverse a su víctima convertida en un cordero sádico.
Sonreí impaciente, deseando tenerle cerca, lo suficientemente cerca como para llevar a cabo la opción elegida.
Oí sus pasos justo detrás de mí y entonces me volví. Alcé el brazo y lo hice. Le clavé el bolígrafo en el cuello con una precisión increíble, como si hubiera hecho aquello cientos de veces. El hombre cayó al suelo como un plomo y antes que de sus ojos se cerraran me cercioré de que se daba cuenta de que las tornas habían cambiado, que había sido él quien había estado persiguiendo al lobo.
Esperé hasta que todo hubo acabado y después reanudé mi paseo. Guardé el bolígrafo en el bolso y al echar un último vistazo a su cuerpo sin vida a través del reflejo de un escaparate, advertí que no estaba.
No me sorprendió. A fin de cuentas mi deseo de gritar en aquella plaza había sido sólo eso, un deseo.


Madrid, 22 de Julio de 1990.

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